Por Auryn
Ahora tengo tiempo para escribir. Y escribo, lo juro por los Dioses de Kobol. Escribo como no lo hacía desde tiempos de Roxanne. La diferencia entre escribir para uno mismo y escribir para publicar es enorme. Sobretodo tratándose de un blog. En éste la publicación, por definición, acostumbra a ser periódica. O, al menos, así es como la concibo yo. Esto puede resultar positivo para ciertas historias; por ejemplo, con Roxanne. La auto pretensión de acabarla antes de fin de año y su publicación semanal me obligaron a pensar rápido y a crear aún más rápido. Salió lo que salió. Yo quedé contento con el resultado. Me gustó más que la anterior historia por capítulos. Y además, escribí sobre la que era mi gran asignatura pendiente: el amor. Lo sigo siendo.
Pero hay otras historias que requieren más tiempo. Necesitas pensarlas, masticarlas, reposarlas…en definitiva, degustarlas. Una y otra vez. Y me encanta. Lo que empezó siendo una historia corta de no más de 10 páginas se extendió a 25. Y ahora me resisto a contar cuantas páginas llevo. Sólo sé que contendrá 13 capítulos. Quizás un prólogo y puede, sólo puede, que un epílogo. Sé cómo empieza y sé cómo acaba. Aunque lo primero que supe fue lo que había en medio. El principio y el fin me asaltaron más tarde.
¿Cuánto llevo? No mucho. El primer capítulo y el 4º. De éstos, el único que se puede decir que está acabado es el primero. Y creo firmemente que aún se puede mejorar. Y si no soy capaz, seguramente lo convertiré en prólogo y empezaré el 1r capítulo de otro modo. No sé cuál pero confío en averiguarlo. En cuanto al 4º…tengo que pulirlo, tengo que pulirlo mucho pero me encanta. Es prácticamente opuesto al primer capítulo. No sé si me han salido adrede o quizás sean dos caras de la misma moneda.
He escrito el final. Me gusta pero no descarto cambiarlo.
Tengo un mapa en mi libreta de los escritos. Frases sueltas, situaciones desperdigadas…como mapa del tesoro no valdría su peso en oro. Pero a mi me está ayudando a encontrar el mío.
Desde que he vuelto a esto de escribir me he dado cuenta de que tengo tres clases de días para con la nueva historia. Cuando estoy inspirado sobre el qué, cuando estoy inspirado sobre el cómo y cuando estoy inspirado sobre el qué y el cómo. El primero suele ser esencial, aunque el segundo, si es realmente bueno, en ocasiones me lleva al primero y de ahí al tercero. Sobre el tercero…el tiempo pasa a la velocidad de la luz. No quiero saber nada ni hablar con nadie. Es como una especie de estado de abstracción. Lo más parecido al orgasmo. Pero más largo. Y para qué negarlo, también menos gratificante, no nos engañemos.
Desde hace un par de días que no escribo nada sobre esa nueva historia. Tuve un día en el que predominó, completamente, el qué. Y eso termina por cansar. Sí, vale, no paro de hacer anotaciones sobre personajes, situaciones, conversaciones…pero no me sale la forma de plasmarlo como desearía. El cómo, ese gran desconocido. El auténtico corazón de mis historias. El qué no deja de ser un cerebro que, sin corazón, no me lleva al orgasmo. Y yo quiero llegar al orgasmo. Siempre.
Fue un día fructífero, en el sentido de que ya sé todo lo que pasará en el 2º capítulo. E incluso se me ocurrieron más cosas para el 4º, personalidad de varios personajes etc. Pero las formas lo son todo y no tuve corazón para escribir ni un solo párrafo coherente de la floreciente historia. Me cabreé y me cabreé de verdad. Tanto que hasta el día de hoy no he vuelto a abrir la carpeta donde guardo los archivos. Pero sólo eso. Para comprobar que aún seguían ahí. Que no se habían enfadado también conmigo y habían decidido marcharse a otro sitio. Mañana lo volveremos a intentar ¿Vale?
Y los días en que el cómo y el tercer día te fallan lo mejor que puedes hacer es desconectar. O, mejor aún, leer. Y lo he hecho. Pero eso será otra historia y será contada en otra ocasión…
Esta mañana me he dedicado a escribir una crítica para un trabajo de la universidad. La crítica, género completamente opuesto al de la creación literaria. Y, en general, al de cualquier manifestación creativa. Durante mucho tiempo fui un crítico sin escrúpulos. Hablar bien o mal del trabajo de otros me hacía sentir poderoso. Como por encima de ellos. Daba mi aprobación o, por el contrario, defenestraba la creación. Fui un crítico en el que lo veía o todo blanco o todo negro. No tenía término medio. Supongo que fue la crisis de la adolescencia. A saber. Hasta que, con la hoja en blanco me dije ¿Por qué no te pones a crear algo en lugar de rajar lo de los demás?
Honestamente, es lo más complejo y gratificante que uno puede hacer solo. Salga como salga, salga lo que salga. Escribir es kármico. Una adicción. Como leer. Leer y escribir. Como las dos serpientes del Auryn que se muerden mutuamente. Cuando creas olvidas esa falsa sensación de poder que sentías al criticar. Cuando creas eres Dios. El tipo de Dios que seas dependerá de la clase de criaturas que crees.
TODO ESTO. TODO LO QUE ACABO DE ESCRIBIR. Lo lleva pensando mi cataclísmica mente desde hace tiempo. Quiero a mi mente pero tiene la nociva costumbre de dar saltos permanentes entre unos pensamientos y otros dificultando la coherencia de mis pensamientos razonamiento. ¿Sabes? A veces hace que me repita…El procesador de texto y la página en blanco me ayudan a equilibrar la balanza. A partir de ahora, el blog también. Crear historias es la mayor expresión de mi desordenada mente. En el tercer día, me centro. Me centro de verdad. Pero no todos los días son el tercer día. Hay primeros días, segundos días…y días que no son ni el primero ni el segundo ni el tercero. Y, entretanto, mi mente sigue haciendo traperías de las suyas.
Así que, en adelante, el presente blog me ayudará a centrarme. A ordenar mi mente la mayor parte de las veces y, por qué no, también parte de mi corazón. No sé si será una especie de Diario de Auryn o Diario de a bordo del capitán. En este caso, hablaré de cómo me comporté en combate y cómo mandé mis tropas a batallar. Pero no hablaré de la guerra. La guerra, esa nueva historia, me la guardo para mi hasta que esté lista.


