El Hombre de Hojalata (I)
Hace no poco tiempo en un bosque no muy cercano un hombre que no era de carne y hueso sino de Hojalata quedó petrificado una oscura y lluviosa noche al salir a cortar unos leños para la chimenea de su casa de madera.
No le gustaba salir de noche, desde muy pequeño siempre le había dado miedo la oscuridad y los monstruos que habitan en ella. Sabía desde siempre que el agua le oxidaba así que trataba de evitar en la medida de lo posible permanecer demasiado tiempo bajo el agua de la lluvia o de la ducha. No obstante, su higiene era pulcra como la de los gatos caseros. No es que se lamiese por todo el cuerpo, sino, simplemente, que tenía un muy cuidadoso cuidado en lo referente a su brillante estampa personal.
Se acicalaba como pocos; utilizaba aceites y lubricantes, jabones especiales para la hojalata y cada noche, antes de ir a dormir, se enceraba de arriba a abajo todo el cuerpo. Era un hombre de hojadelata, no el único, pero era especial por una simple razón: no tenía corazón. No se sabe muy bien si nació sin él o si alguien se lo arrancó pero había una verdad inquebrantable: ya no recordaba la última vez que oyó latir su corazón, si es que alguna vez lo tuvo…
Claro que el no tener corazón tenía sus ventajas. Por ejemplo, no tenía que preocuparse por las enfermedades coronarias. Podía comer lo que le viniese en gana cuando le viniese en gana. ¿Colesterol? El hombre de Hojalata se reía del colesterol.
- ¡JA!
Tampoco debía preocuparse porque alguna mozuela se lo robase. ¿Cómo robarte algo que no tienes? El mal de amores era otro de los problemas de los que el hombre de Hojalata, en teoría, tampoco tenía que prestar la menor atención. Su punto débil, pues, no era el de los vampiros así que las estacas de madera en su inexistente corazón no podían acabar de ningún modo con él.
Con el paso del tiempo llegó a la conclusión de que la mayor ventaja de no tener corazón era la siguiente: No podía morir. Se había fijado en las personas de su alrededor, también en los animales y, sin excepción, conforme iban pasando los años y sus cuerpos se hacían viejos, sus corazones se resentían, dejaban de funcionar como antaño para acabar consumiéndose poco a poco. Las personas morían cuando sus corazones dejaban de latir y como él no tenía corazón alguno que latiese o dejase de latir tampoco debía preocuparse por aquello que algunos temían (y temen) con tanto pavor: la muerte.
¿Quería eso decir que era Inmortal? Un inmortal es alguien que vive eternamente pero ¿Se puede vivir sin un corazón? Era un problema que en los primeros años de existencia al hombre de Hojalata no le preocupaba demasiado. Y es que, pese a nacer como hombre (de hojalata pero hombre de igual modo), en sus primeros años de existencia, como todo ser de este planeta, no era más que un niño con todo un mundo, a sus ojos infinito, por descubrir.
Quizás fue la tristeza de añorar el latido lo que le provocó salir a la intemperie de aquella lluviosa noche de primavera, al fin y al cabo ¿Qué sentido tenía vivir sin un corazón? ¿Qué clase de persona puede vivir sin corazón? Muchos días y muchas noches habían pasado desde que el hombre de Hojalata quedó petrificado. Las estaciones se sucedían sin que el pobre diablo pudiese hacer nada para impedirlo.
Lo que sí tenía era un cerebro de una calidad próxima a la de cualquier Albert Einstein que pudiese preciarse. Y su memoria era, de lejos, la mejor de entre todas las memorias habidas y por haber de este mundo. De entre todas las personas con buena memoria, si se presentasen a un supuesto e imaginario concurso de buenas memorias no podrían hacer nada contra nuestro hombre de Hojalata y a él no le hubiese hecho falta ni presentarse.
Así que durante su largo estado de inamovilidad lo único que podía hacer el Hombre de Hojalata era pensar, recordar y dormir. A veces confundía sus sueños con recuerdos, otras pensaba que recordaba o recordaba que pensaba y en ocasiones, soñaba que volvía a poder mover su cuerpo. Su felicidad era absoluta cuando eso ocurría, se elevaba como ningún hombre de Hojalata antes se había elevado. Tenía la sensación de llegar a las estrellas y más allá, el firmamento se le quedaba pequeño…pero como suelen decir: cuanto más subes mayor es la caída. Y cuando volvía a su triste e inamovible realidad la tristeza le inundaba por completo y, de tener corazón, a buen seguro se le habría roto en mil pedazos.
Esto era algo sumamente curioso: y es que pese a no tener corazón era capaz de sentir todas las emociones humanas conocidas e incluso alguna que otra aún por descrubrir. Era curioso porque, normalmente, cuando nos referimos a las emociones humanas siempre la relacionamos con ese músculo llamado corazón del que nuestro querido hombre de Hojalata carecía. Decimos “te quiero con todo mi corazón” o “¡siento una pena tan grande en mi corazón!”. ¿Se siente pena, se quiere con un músculo o hay algo más?
Tenía que haberlo.
Era un hombre sensible, muy sensible. Y cuando hablo de sensible no me refiero a la sensibilidad de los sentidos de su cuerpo sino a la de los sentimientos de su ser. La Hojadelata que le daba forma no resultaba impedimento alguno para que nuestro protagonista diese rienda suelta a todos sus sentimientos que eran superiores en número e intensidad al de los humanos. Pero sentía tanto y con tanta intensidad que a veces, sin querer, llegaba a llorar tanto que se le llegaba a oxidar la cara. Un bonito final de una bonita película podía hacer llorar a cualquiera unos minutos después de acabar la misma. Pero el hombre de Hojalata no tenía suficiente con esos escasos minutos. Podía pasarse horas y horas llorando recordando ese triste final.
Cuando por el contrario, algo le hacía gracia reía y reía a carcajadas hasta tal punto y durante tanto tiempo que llegaba a olvidar de que se estaba riendo. Algunos vecinos pasaban a su lado y le preguntaban:
- ¿Pero se puede saber qué le hace tanta gracia?
El hombre de Hojalata con mucho esfuerzo detenía por unos instantes su carcajadas para contestar
- La verdad señora ¡No lo sé!
Para, a continuacion, volver a reir como un loco desquiciado.


